(Foto: internet)
TURISMO Y ESPACIOS EN RIESGO
Conclusiones del Dr. Frank Babinger (2010).
Síntesis elaborada por Luis Eduardo Pérez Ortiz Cancino y Marcos Felipe Varela Nuño.
El turismo, más que una mera actividad económica, es un importante agente territorial en los lugares en los cuales se implanta, lo que es especialmente válido en el caso de los litorales alrededor del mundo. Hemos podido constatar un patrón de ocupación del territorio esperado, que se manifiesta en la CONCENTRACIÓN EN LA PRIMERA LÍNEA DE PLAYA y su difusión a lo largo de las costas y hacia el interior alrededor de los núcleos principales.
La concentración del fenómeno turístico en la primera y sucesivas líneas de playa es una constante que hay que interrelacionar con la CONCURRENCIA, EN ESTOS MISMOS LUGARES, DE UNOS PELIGROS NATURALES determinados, lo que se traduce en la ocupación de unos espacios en riesgo por parte de la actividad turística.
No existe una concientización real del riesgo, esta falta de percepción del riesgo se traduce en el hecho, que los peligros naturales son vistos como algo demasiado hipotético, lejano, que no ocurrirá, por lo que la prevención y mitigación necesarias no se ponen en marcha.
Hoy en día, no se sabe realmente adónde se va, no se conoce el territorio más allá del catálogo, del producto turístico, del resort. No se tienen en cuenta, no se conocen, ni se quieren conocer los peligros, que pueden afectar a cada uno de estos complejos hoteleros.
Cada espacio tiene unos riesgos determinados que se tienen que conocer, si se quieren evitar las repercusiones negativas de los mismos, consecuencias, que no solo ponen en peligro la viabilidad económica de los proyectos turísticos, sino que ponen en peligro a la vida misma de los turistas.
Por el contrario, se suele actuar después de una catástrofe, sin que esta actuación se traduzca en una visión de conjunto de los peligros existentes y sin una visión de futuro, para evitar o reducir futuras desgracias. La actuación postcatástrofe se suele plasmar en la repetición de una ocupación territorial de espacios en riesgo y con la reconstrucción de viviendas y comunicaciones en los mismos lugares, que acaban de sufrir los desperfectos debido a su equivocada ubicación.
El mayor riesgo constatado en la actualidad se debe, más que al fenómeno físico, a una mayor vulnerabilidad y exposición antrópicas. Mientras que el fenómeno natural en sí no se ha modificado sustancialmente, manteniendo los parámetros de probabilidad, severidad y peligrosidad, los factores antrópicos de exposición y vulnerabilidad han aumentado exponencialmente en las últimas décadas.
En las áreas litorales el turismo ha sido uno de los agentes más dinámicos a la hora de incidir en estos aspectos. El desarrollo turístico de las costas ha disparado la exposición y la vulnerabilidad humanas en unos espacios, en los cuales la presencia del ser humano era mucho más escasa, si no ausente, antes de la irrupción de la actividad turística. Donde antes había pocas personas y actividades expuestas, ahora se concentran miles o decenas de miles de turistas en la época vacacional, aumentando sensiblemente el riesgo existente.
Especial importancia reviste también la problemática de las necesarias evacuaciones en caso de la materialización del riesgo: la unión del peligro natural hecho realidad con la exposición y vulnerabilidad antrópicas. En las áreas turísticas hace falta especial esmero a la hora de planificar los avisos, las alertas y las evacuaciones, poniendo en marcha las inevitables medidas de prevención y mitigación ante el riesgo.
En la mayoría de los casos esta necesaria planificación brilla por su ausencia, aumentando notablemente la vulnerabilidad en el caso de una catástrofe. En este sentido hemos podido entrever otro problema adicional, ya que el modelo del patrón de ocupación del territorio no se limita únicamente a las urbanizaciones turísticas en primera línea de playa, sino que se extiende, asimismo, a las vías de comunicación utilizadas en caso de las evacuaciones.
Nos referimos a la característica disposición de las principales carreteras en paralelo a la línea de costa, por lo que éstas se mostrarían inservibles o reducidas en su posible uso en caso de la mayoría de los peligros existentes. Así, tanto en el caso de las inundaciones catastróficas, como en el de los huracanes, terremotos y tsunamis, su disposición implica la misma exposición, que la de las urbanizaciones turísticas.
El mayor riesgo procede de la posible destrucción de las vías de comunicación, lo que aumentaría notablemente los efectos primarios de la destrucción, al impedir el traslado de la población. La destrucción de las principales y, a veces, únicas vías de comunicación conllevaría serios problemas para la ayuda postcatástrofe, al impedir o ralentizar la llegada de los efectivos de rescate.
Por otro lado, existe otra circunstacia que se tiene que considerar, a pesar de no impactar directamente los destinos turísticos (hablando de los ciclones tropicales), las evacuaciones llevadas a cabo por previsión dejan, inexorablemente, una imagen negativa. Sabemos, que los sitios de costa seguirán siendo visitados habitualmente por los huracanes, de los cuales algunos serán catastróficos. Si esta realidad se repite con mayor frecuencia, como parecen presagiar algunas investigaciones, creemos que el sector turístico puede encontrarse ante una amenaza real e importante.
Las agencias de viajes, los touroperadores y hasta los propios turistas podrían evitar frecuentar un lugar habitualmente afectado por huracanes, dirigiéndose a lugares menos peligrosos, por lo menos durante la época de huracanes, entre julio y noviembre.
Coinciden estos meses, con la temporada vacacional más importante y la mayor frecuentación de turistas en todas las costas.
La imagen dejada por un lugar paradisíaco, teniendo que ser evacuado por las amenazas de un peligro natural con posibles efectos catastróficos, no puede ser asimilada por el mercado turístico.
Si los turistas decidieran no volver a los destinos, por sentirse en peligro, si las agencias de viajes y los touroperadores decidieran retirar sus ofertas durante la temporada de huracanes, o de desaconsejarlas a sus clientes, los litorales se verían privados de una gran parte de sus visitantes y, por ende, beneficios. Teniendo en cuenta, que la economía de esos lugares se basa en el éxito económico del turismo, el impacto de tales decisiones resultaría catastrófico.
Debido a ello, la existencia de los huracanes, no tomados en cuenta a la hora de planificar, junto a la erosión de las playas y la subida del nivel del mar, podrían acabar rápidamente con el éxito turístico e, incluso, dejarse sentir en la economía global de los estados o incluso países.
Creemos, que nos encontramos ante una nueva dinámica, en la cual al ser humano no le quedará más remedio que enfrentarse –aún más, si cabe- a la naturaleza.
Mientras que la dinámica natural, inducida por el ser humano, tiende a la erosión de las playas, la actividad turística depende de la existencia de estas mismas playas. Por ello, únicamente obras de protección antrópicas podrán asegurar el mantenimiento de las mismas, ya que las defensas naturales han desaparecido o se encuentran en irreversible disminución.
Llegará el momento, en el cual no se tendrá más remedio que elegir entre el mantenimiento de la actividad antrópica a través de obras artificiales, dañando la naturaleza, o preservando ésta, con el riesgo inminente de una pérdida de ingresos por la consiguiente reducción del turismo. Los destinos turísticos en los litorales existen gracias a sus playas. Si éstas no existiesen o se vieran fuertemente reducidas, como ha ocurrido tras el paso de varios huracanes, la actividad turística se vería gravemente comprometida.
El ser humano decidirá, más que nunca, lo que prefiere proteger. La naturaleza, o la actividad económica que ha transformado a toda una región, generando puestos de trabajo y generosos beneficios e ingresos para los estados y para los países. La batalla no ha hecho más que empezar y el siguiente huracán no tardará en llevarse de nuevo a esas playas paradisíacas.
Como recomendación se desprende, que:
• La planificación territorial ante los riesgos naturales no debería limitarse a estudios sectoriales, ni físicos en función de cada uno de los peligros existentes. Por el contrario, deberíamos llevar a cabo una ordenación integral de la ocupación del territorio.
• Deberíamos planear, también, las vías de comunicación necesarias en el caso de una evacuación ante el inminente impacto de un determinado peligro.
• Deberíamos utilizar una construcción riesgorresistente –en función de cada uno de los peligros conocidos.
• Debería realizarse un trabajo de reconocimiento de los peligros existentes en cada territorio y trasladar este conocimiento a la población.
• Haría falta transmitir correctamente la información existente sobre los peligros a los turistas, para que éstos sepan cuáles son los peligros incurridos.
• Todo ello pasa, necesariamente, por el reconocimiento de la existencia de los peligros naturales por parte de los agentes turísticos y la administración, derivando en una correcta percepción de los riesgos por parte de los mismos, por parte de la sociedad y por parte de los turistas.

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